Generalmente paso la mayoría del tiempo con personas adultas que rondan los 45 años y más por costumbre que por elección he tenido que soportar escuchar lo desgastadas y marchitas que son sus vidas. Personas que me dan consejos no solicitados y yo, como buen escucha trato de captar el mensaje e irlo desenvainando toda esa cubierta de rabia con que viene explícito.
Tengo miedo llegar a la edad adulta y convertirme en uno como ellos, despertar un día y hablar de mis hijos, de mi matrimonio infeliz y no digo que no quiera tener una familia, un patrimonio y relaciones sociales que como buen cliché nos han metido en la cabeza desde siempre como fórmula para la felicidad.
A veces pienso que éstas personas son tan infelices porque en su deseo por lograr la aceptación (buen padre, buena madre) llegan al límite de la abnegación y se prohíben muchas cosas y luego se reprenden a sí mismos quejándose de sus miserias en forma de culpa y lanzando dardos con ese veneno en forma de consejo no solicitado a los más jóvenes.
Luego me doy cuenta del desastre de sus vidas cuando hablan con tristeza de la vitalidad que tanto echan de menos y se olvidan de sí mismos. Terminan como moscas atrapadas en un vaso y no importa si está lleno o vacío. El hecho es que no pueden salir y continúan quejándose por haberles tocado vivir de esa forma, se sienten frustrados y algunos tiranizan esa miseria transformándola en odio que corroe aún más sus putrefactas vidas.
Yo sólo sé que cuando sea grande no quiero ser como esas personas, quiero tener la imaginación de un niño, la vitalidad de un adolescente y la seriedad de un adulto.